abril 10, 2021

BOGOGRAFO DC

Una ciudad extendida

De la esencia y el espíritu en el arte

Ciudades como Bogotá tienen la constante necesidad y responsabilidad de visibilizar las prácticas artísticas independientes, pero esa necesidad no significa que siempre sea tomada en cuenta. Visibilizar artistas que por distintas razones no logran hacer parte de un espacio propio e incluso en una galería o un reconocido museo parece en estos tiempos casi que un hecho heroico, ya que ni la inversión pública, ni las curadurías entre otras entidades gubernamentales o privadas están dispuestas a pagar, por ello nacen las ferias independientes y sin embargo, un buen número queda por fuera, no precisamente por falta de talento, no por falta de iniciativas, no por falta de conquistar un público, más bien a criterio propio por falta de estímulos, apoyos y creación de redes que provoquen cambios significativos a lo que hoy reconocemos como arte.

Sin embargo, lo que aquí queremos expresar no es precisamente como se comportan las ferias independientes, ni como un artista lucha porque su obra sea reconocida o no en el basto y a veces elitista mundo del arte, ni nada por el estilo, más bien queremos reflexionar sobre lo que denominamos un “desvanecimiento del sentido verdadero del arte” en cualquiera de sus apariencias, haciendo una breve reseña de lo que realmente importa para el arte o al menos cual ha sido su finalidad más visceral por encima de cualquier otro factor actual como su valoración retributiva.

Desde tiempos antiguos el arte y la pintura, inicialmente y como reflejo de otras prácticas artísticas, se han considerado fuentes insaciables de reconstrucción historia, social  e individual y en esa última instancia se reconoce que el arte es una manifestación completamente espiritual, intrínseca al alma. A través del arte las sensaciones más puras y ligadas al espíritu se escapan y se expanden en lienzos, en guiños, en  movimiento y en espacios que hablan muchas veces donde las palabras no lo hacen, en grietas donde realmente no cabe la jactancia porque su naturaleza es poner al desnudo las más íntimas afectaciones humanas sea cual fuese su naturaleza. Sin embargo, con el paso del tiempo, el arte fue tomando lugar en terrenos donde solo el poder adquisitivo de los grandes reyes y grupos socialmente más elevados pudieran observarlos, pareciese que una obra de arte estuviera condenada a no ser más que parte de la pared donde pueda ser colgada, o un palacio, una o mansión. Es como si se adquiera un gran triunfo para ser exhibido  no por haberla hecho, sino por tenerla o coleccionarla.

Desde esa idea tan presuntuosa podríamos decir ¿Que el arte ha dejado su esencia espiritual para convertirse en algo plenamente banal? ¿Desde cuándo hemos entorpecido nuestros sentidos solo con el hecho de aceptar los criterios de belleza que otros han impuesto sobre los propios? Nada que decir cuando en nuestra contemporaneidad, concebimos cualquier cosa como arte, todo aquello que ha reproducido una técnica, todo aquello que ha reproducido una idea tras otras variables.

Es aquí cuando nos viene a la cabeza y pensando precisamente en esta idea “de lo espiritual en el arte” lo que Kandisky menciona en su obra titulada de la misma forma: “Pretender revivir principios artísticos del pasado puede dar como resultado, en el mejor de los casos, obras de arte que sean como un niño muerto antes de nacer” (1989) ¿desde cuándo como artistas solo nos hemos enfocado en apreciar y reproducir lo apreciado pero desde nuestra subjetividad sumando o restando elementos?. El proceso de creación es mucho más que esto. Y si quizás si nos hallaren la razón en esto, pueden sacar entonces sus propias conclusiones si es que acaso han nombrado sus obras como nuevas tendencias de arte, ¿podríamos estar seguros que son nuevas? Algunas si, quizás otras no, es subjetivo; lo que si es cierto es que  muchas obras catalogadas como tal, no son más que violación de los mismos derechos de un artista, muchos se exponen en grandes galerías y reconocidos lugares, siendo aplaudidos, aun sin que su “obra” (término que también rebatiríamos) sea meritoria por la trascendencia e influencia social o quizás solo por otro tipos de influencias.

Lo anterior vendría siendo otra de las motivaciones por las cuales consideramos que lo espiritual en el arte queda poco, que esa esencia de la cuál  en un tiempo se hablaba como aproximación a la catarsis, ha venido concertando estados de desenfrenado consumo y reproductibilidad en el arte.  De consumo, porque si no se vende no es buena y como lo nombra Benjamin W. de reproductibilidad técnica, porque como ya es sabido, la originalidad se pierde a causa de sus inagotables reproducciones que constituyen un valor incierto para la  real aura y singularidad de la obra “espiritual” como nuevamente redundamos. Mencionemos que  aquí el término espiritual no necesariamente referencia lo religioso, lo que queremos llegar a  reconocer esta dado en que la verdadera esencia del arte se encuentra absuelta de lo que, de unos años para acá, nos han enseñado en las grandes galerías y aun en la academia, esto no quiere decir que no haya arte en estos lugares, por supuesto que no, sino que  debemos rescatar la esencia desde donde el arte es por el arte, ante todo inmaterial, inteligente e inquietante que conspira a partir de la realidad pero que conecta con lo sobrenatural de nuestra existencia, con lo verdaderamente bello y poco reconocible a los ojos muchas veces impalpable.

Rescatar las formas anteriores y cambiarles algún elemento no podría convertirse en arte, así lo sugiere Kandisky: “Un periodo puede llevar al empleo de formas que en un período anterior  sirvieron positivamente a las mismas aspiraciones” pero entonces, en nuestro tiempo acaso queremos reproducir formas pasadas con valores pasados que  no nos llevan a una aspiración y una inspiración nueva? Luego, las aspiraciones de los griegos, los artistas o corrientes artísticas del siglo XX y  hasta los renacentistas, no tenían sus propios valores que inspiraban sus obras? Seguramente va a responder que por supuesto, siendo así  nuestra tarea, si bien usted es un artista o solamente un conocedor o admirador de arte, ¿no es  más que generar nuevas formas de hacer y sentir el arte desde lo esencial? Aunque esto sí! Sigue siendo subjetivo, como todo lo que se ha dicho hasta el momento, sin embargo, conviene decir realmente si bien los críticos del arte arruinarían todo este discurso, lo que no podría arruinar es lo acertado que resulta pensarse como artista, si esa es la aspiración e intentar reconocerse desde la idea de autenticidad y producción propia y no desde la reproductibilidad.

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